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Dust {Privado}

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Dust {Privado}

Mensaje por Invitado el Vie Jun 05, 2015 7:55 am


DUST
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Inspiró llenando sus pulmones con una bocanada de aire seco, cargado de polvo, el desierto se hacía a sus pies. Desde el balanceo de su montura, un camello maltrecho y mal ensillado, el joven de cabellos níveos maldijo al sol y las dunas, mascullante y en voz baja. Muchos os preguntaréis cómo ha acabado en aquel "paraíso desértico", en grata compañía de dos guías, hombres de vestimentas desajustadas, desaliñados y con olor más degradante que sus propias monturas. La respuesta no podía ser más simple; estaba de viaje a la ciudad capital de Egipto, la civilización entre las arenas. Un verdadero "honor" dado que lo hacía en virtud de regente de Atlántida. 

─ Odio el desierto ─ Atañe para sí mismo el peliplateado , llevando sus dedos a la capucha para adaptarla y mantener su rostro semi-oculto frente al sol. Sus vestimentas eran más propias de un trotamundos que las de un viajero, sucias y raídas, no lograban evitar que en sus movimientos se desvelara cierta elegancia desenfadada, algo extraño.

─ Esto es una mierda ─ Pronunció el hombre a su izquierda, el más desgarbado , así como al que más le gustaba lustrar el filo de su arma. Miró a su cliente, el joven caballero identificado como Zero, había sostenido su recelo contra él desde el mismo momento en el que los contrató. ─ Tres putas monedas para callar y llevar a este imbécil ─ El guía escupe a un lado y mira a su compañero, esperando que le siguiera en sus quejas.

─ Un imbécil con dinero ─ Responde el otro, repitiendo las palabras que ya pronunciadas en el comienzo del viaje. ─ Me pregunto a quién robó tanto. Las monedas tienen el rostro de la reina atlante ─ Se acercó entonces al peliblanco, forzando a su propia montura a ladearse. ─ Seguro que estaría agradecido si le jodemos a su ladrón. Y como recompensa, utilizaríamos bien su dinero ─

El primer guía rie, el compañía del siseo de su arma, apartó su capa de tela para mostrar la insignia de aquellos que fueron mercenarios. ─ Joder, ya tardabas. Hace dos horas que estamos lejos de la ciudad ─ El otro hombre asintió y se interpuso frente al camello, forzado a detenerse. El joven peliplateado aún guardaba silencio, observando tras la sombra de su capucha las dunas y el destello metálico de las armas.

El ex-mercenario , con sable en alto, se aproximó al joven Kiryuu, cuando éste de improviso saltó hacia él en una arremetida que hizo caer a ambos a la arena. Juntos rodaron por la arena, descendiendo por la extensa duna mientras  intercambiaban golpes a gritos de atacado y compañero. El hombre trataba de recurrir a su arma, pero dado la cercanía, Zero no se lo permitía. Los golpes continuaron hasta los pies de la duna, donde el peliplateado cometió el error de tratar de hacerse con el arma, descuidando la presencia del compañero, que había seguido a los combatientes en su caída. Notó con golpe brusco en la nuca, manchas de sangre sobre sus manos, y calló en la inconsciencia.  

El sol ya amenazaba con ponerse cuando el joven harapiento abre los ojos, semi-enterrado en la arena. Dificultoso se levanta, notando una inusitada ligereza, a la que pronto comprobó que era dada por la ausencia de todos sus bienes; dinero, identificación, nada.

─ Odio el desierto ─ Reitera con voz inusitadamente férrica, como el restallido entre metales, reafirmaba con mayor decisión aquellas tres simples palabras. Se sacude sin gracia el polvo de sus ropas y trata de ascender la duna, resbalando contadas veces en su ascenso. Al llegar, al fín a la cima, trata de discernir en la lejanía alguna presencia humana, aún maldiciendo con palabras totalmente impropias para un caballero. Cuando consideró ver una sombra, un retazo de lo que podría ser cualquier cosa, el joven comenzó a caminar, tambaleándose, la sed lo atenaza.

Así se hacen sus primeros pasos en el desierto.
 
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